Lifestyle·Personales

Vivos de milagro

Ayer, mientras andábamos por un centro comercial, nos vino a la cabeza un pensamiento. No es la primera vez que hablamos del tema. Cuando tenemos algún día malo nos da por pensar en la fragilidad del equilibrio de nuestro cuerpo. La diferencia entre estar totalmente bien, y tener cualquier cosa descompensada, por mínima que sea. Lo conscientes que somos de esos ínfimos detalles. Y lo que tiene que sufrir alguien autista, siendo consciente de forma tan brutal de todo lo que pasa a su alrededor. 

Pensadlo. ¿Cuántas veces habéis estado en peligro de muerte en vuestra vida? De mayores seguro que unas cuantas, pero de niños… Yo no sé cómo salimos de aquello. ¿Cuántas veces no habréis pensado eso de “pocos accidentes hay para como conduce la gente” ? ¿O para las tonterías que hacen? 

Recuerdo difusamente una caída de pequeño de lo que a mí me pareció un acantilado, en la que me partí la cara. También un maratón de pequeño, en el que mientras estaba corriendo miré para atrás, y cuando volví a mirar para adelante me comí de lleno los barrotes de hierro de una ventana. Otra vez que, corriendo bajo la lluvia en una feria, resbalé de rodillas y patiné por el asfalto, dejando toda la carne de las mismas en aquella carretera…

He hecho piragüismo, escalada, y waterpolo, y nunca he tenido un percance que pudiéramos considerar inseguro. Pero, ah, lo inseguro es la condición humana.

Cuando estábamos en el colegio, los de octavo hacíamos una tómbola en la plaza del pueblo para recaudar dinero para el viaje fin de curso. Nos tirábamos meses recorriendo el pueblo y Jerez, tienda por tienda, recogiendo aportaciones. Después, un domingo (que no recuerdo ya si coincidía con la carrera popular) vendíamos las papeletas y una papeleta, un regalo. A cien pesetas. 

Nosotros nos encargábamos del equipo de sonido. Había micro para animar a la gente, y unos bafles inmensos que salían de mi casa, en la plaza del pueblo, para que se escuchará tanto música como nuestras coñas de “otro perrito piloto”. 

Tengo un recuerdo grabado de una alargadera. Aquella alargadera era una alargadera antigua de cerámica, de esas que tenían una cabeza muy grande, y dos patas de metal, cada una de ellas con dos barras metálicas cóncavas haciendo la forma tubular para insertar dentro de ellas un enchufe. Recuerdo que el altavoz no sonaba bien. Recuerdo que era del enchufe. Una de las patas estaba un poco abierta, y el enchufe funcionaba sólo cuando hacía contacto. ¿Cuántas soluciones puede tener algo como eso? 

Recuerdo que una señora me estaba mirando. Me vio tantear el extremo de la alargadera. Me vio pensar en tocarlo. Recuerdo todavía su cara embobada mirándome. Y vio cómo, cuando descarté tocarla con la mano, me metí la pata del alargador en la boca y le pegué un muerdo para cerrarla. Recuerdo la cara de la señora después de ver las chispas y el calambrazo, y cómo se siguió quedando con la boca abierta mientras me recomponía con mi labio superior un poco dormido del latigazo. Sin decir ni pío. Menos mal que mi casa iba a 125 y que mi abuela debe haberme pasado alguno de sus superpoderes para aguantar la corriente.

Y como esas hay muchas. Épicas, la de perderme durante 4 días en una montaña con mis chavales  de los scouts, a los que llamaban desde fuera cariñosamente “la paraesculta” (éramos muchos estropeados) , y llegar todos sin un rasguño y justo en el momento en el que debíamos, después de haber bajado la ladera de una montaña un pelín complicada. O aquella vez que, teniendo todavía problemas de memoria, le eché sosa al fregadero para desatascar, y al rato volví y le eché media botella de ácido sulfúrico, montando un bonito volcán en medio de la cocina del que tengo algún que otro recuerdo para siempre en los brazos. 

Nuestras cicatrices van creciendo con los años, y van contando nuestra historia. Y también nos recuerdan que estamos vivos de milagro. 

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