Show must go on (iii)

Y llega un momento en el que todos somos víctimas.

Esta mañana estaba en el autobús pensando en qué escribir. En terminar una aplicación. En el PHP. En la bici. En el calor. Y en otra serie de cosas que pueden herir sensibilidades.

Recordaba el sábado. Una tarde que empezó como cualquier otra, llena de momentos bióxidos, tirando de mano y apuntes, y de una agenda que ya sufre el tener que estar allá donde vaya. Y que terminó de la forma más inusual.
Allí, en el nuevo local, Chema, Pitu y María. También Juan. Y una chica que me presentaron, Lidia. Un mano a mano. Primero una pequeña entrada discreta. Poco a poco, entablando conversación. A los cinco minutos, bebiendo de la cerveza de Pitu como si tal cosa, y comiéndome su alpiste (frutitos secos acompañantes de cerveza, para los no versados). Y es lo que tienen los jerezanos. Que cuando se abren un poquito, estamos todos en familia. Y en esos momentos, cuando estás realmente a gusto, eres tú mismo. Y el arte se respira por los cuatro costados. La juerga es continua. Los chistes se encadenan. Y ya han sido tantos que ni te acuerdas para poder después escribirlos. Cantecitos flamencos con letras de coña, estribillos varios, pequeñas historias que podrían ser los mejores monólogos, momentos demenciales…
– Rafa, pisha, qué de tiempo sin verte así. Ya era hora. Si es que cuando quieres estás sembrao.
– Qué te eshábamoh de meno, cojone.

Al grupo se unieron, al poco tiempo y después de revolucionar a todo el local, otras dos chicas (de las que recuerdo aleatoriamente el nombre, dependiendo de la bioxidad del momento). Allí, Lidia y yo, rodeados de toda la bollería fina. Y más situaciones anecdóticas, risas, puntos y más puntos.
Al rato, cuando ya las otras dos mesas (llenas de frikis de Otaku Shin) nos miraban mal, se nos unieron Chema y Juan, los camareros. Y de allí que el resto se fue (sobre las diez) hasta la hora de cerrar (las doce oficialmente, nos dieron la una y pico), el cachondeo fue continuo. Móviles, fotos, vídeos, también Patri con el novio, recuerdos para Fran…
Y también de las palabras castizas. Del amarrón, del marillo. De las estijeras. De las bóndigas, cocretas, gabrieles y aigas. Y, cómo no, de los armejillones (donde lucharon las dos teorías: las mujeres antiguamente gritando en la plaza ‘¡al mejillón!‘ y de ahí su plural, armejillones, o el de la extensión de la armeja).

(Momento Coque, cuando dice que hablo de todo el mundo como si todos se conocieran).

Una noche en la que, entre risas, también nos acordamos de que la relación de Pitu y María empezó la mismo tiempo que la mía con Carlos. Y que también (curiosamente) terminó el mismo día. Aunque ellas, después, la retomaran (y felices que son ahora).
Nos dio por hacer cuentas. ¿Hacía cuanto que no nos veíamos? Y, ¿hacía cuanto que había pasado todo eso? Nueve meses.

Nueve meses. ¿A qué nos dan derecho? Me vi, a las dos de la mañana, volviendo a casa. Hablando con Pitu y María en una esquina cualquiera, pensando en la conversación anterior con Enrique. Y dándome cuenta de que, después de que Lidia se fuera (bastante temprano), quedé como el único soltero de la sala mientras Chema no paraba de hablar de Sergio, Juan de su parien, Patri con su niño, y las chicas emparejadas entre ellas. Y que no por ello me sentí distinto, o especial. Quizá porque han sido mi ambiente de siempre. Mi verdadero ambiente, volviendo a lo castizo, a mi tierra. Quizá porque después de este año no he sido capaz de volver a encontrar mi sitio. O quizá porque nunca lo he encontrado realmente en Sevilla.

– Oye, la semana que viene también vuelvo. ¿Te llamo y quedamos para charlar un rato?
– ¿Y eso? ¿Ha pasado algo? (borde++).
– No. Simplemente me apetecía. Si quieres, me llamas.
– No, no… lo siento. Hablamos el viernes.

¿Solo? Leía el otro día en el blog de alguien que existen matices. No es lo mismo solo (lonely) que solo (with myself). Y el pequeño matiz no es precisamente pequeño. El paso, de cada uno. De ser capaz de darlo.

Porque leía también ayer mismo en otro blog que nos encanta ser víctimas. Y para ésto, qué mejor que citarlo.

Internet sirve para magnificar las cosas y hacer ministro al botones, en menos que canta un gallo. Yo lo supe cuando lo de mi operación {…} Y se montó una que ni yo mismo me lo creía cuando volví. Hay quien me escribió: «creí que te perdía…» con un aire de apocalipsis neurológica, que me puso los pelos del pubis como escarpias.

Bueno, pues tal y como funcionan las cosas, he descubierto que nos encanta montar dramas y que además, llegamos a montarlos terribles de la muerte. Es como si las desgracias nos engrandecieran. Como si una vida positiva, sin muertes, sin agonías, sin parejas crueles, sin desengaños ni traiciones a lo Sarah Bernard, no valiera un centavo blogueramente hablando. Tanto es así que la mayoría de las veces surjen los timos, y nos dejamos llevar por una psicosis grupal, sin caer en la cuenta de que lo último que hace un moribundo en su lecho de muerte es decir: «Pepecarlos, hermano… agggh… por… por favor… ¡no olvides actualizar mi blog!».
No, señores, no. Lo siento. Lo cierto es que a los bloggers de a pie (léase no profesionales) nos importaría un carajo de mono el blog, si estuviéramos muriéndonos. Con lo cual, si vemos un post en el que salga una nota diciendo: «Soy su hermano Pepecarlos, y entro aquí para deciros que Cachirulo ha fallecido pero que os lleva a todos en el corazón…», antes de rasgarnos la camisa y empezar a proferir gritos de ¡CACHIRULOOOO NOOOOO DIOSSSS ¿¿PORQUE SIEMPRE TE LLEVAS A LOS MEJORES??» debemos barajar el hecho de que probablemente sea el mismo Cachirulo, que le han capado los blogs en el trabajo y ya no puede postear.

De la misma forma, si se te cae tu hijo de cinco años por una ventana, probablemente pases el aniversario de su muerte debajo de una almohada llorando y rezando porque nadie te recuerde ni su nombre. Y desde luego, lo último que harás, es ponerte a contarlo con pelos y señales, describiendo sus piececitos subiéndose al alféizar en un post, para que lo sepa hasta el último habitante de Quito. Claro está… siempre y cuando lo que estés buscando realmente no sea que te lluevan las cartitas y los post de «¡ánimo Cachirulo que tú puedes!» y las plañideras profesionales (habituales en estos blogomundos) de las de «¡¡DIOS MIO DAME FUERZAS!!! ¡¡¡SE ME HA ROTO OTRA UÃ?A!! ¡¡¡AAAAAGHSSSS!!! ¡¡¡HAZME UNA MUJER FUERTE PARA SOPORTAR ESTE INFIERNO!!! te compongan una oda al sufrimiento, para lacrimeo blogueril general.{…}

(Texto completo en NepoArchivos).

¿Por qué y para qué un blog? Como le comentaba a Javi al otra noche, para mí un blog es un método más de comunicación. Como las cartas. Como el teléfono. Como el messenger. Poder comunicarme con alguien. Saber de él. Sentir que sigue ahí. Acortar las distancias. Simplemente dándole la opción de que lea lo que escribo. De que tenga una pequeña nota de ‘eh, estoy aquí’. De acortar distancias cuando estamos fuera, como Drydan o Pilimindrina (ver Blogroll). Sin teléfonos, mails y demás. Es… una nueva forma de comunicación que nos une en ésto que llamamos la blogosfera. Una simple comunidad virtual que nos hace estar cerca.

Un blog a veces también nos escucha. Nos sirve para desahogarnos. Para releernos. Para expresarnos como no somos capaces de hacerlo quizá en persona. O para pasar el rato.
Para ordenar nuestras ideas. Para comunicarnos. Para estar cerca de los amigos. Para hacer llegar a alguien un mensaje.

Pero las víctimas siempre las creamos nosotros. Y una cosa que me enseñó mi madre cuando era muy pequeño es que la depresión y ese tipo de enfermedades en realidad no se llaman así. Es una enfermedad exclusiva de nuestro Primer Mundo (así, con mayúsculas). Y se llama hastío. De tecnología. De tenerlo todo a nuestro alcance. De tener tiempo libre. De poder tirarnos semanas, meses, llorando a los que se han ido pudiendo parar nuestras vidas, sin consecuencias. O de tirarnos el mismo tiempo haciendo que nuestra cabeza de vueltas y vueltas plantada en un mismo tema, sin avanzar. Hastío. De mirar hacia adelante, y no ver ningún futuro. Sin ilusiones. Habiendo llegado al final del camino, sin tener ninguna nueva senda que tomar.
Somos víctimas de nuestra propia realidad. De nuestra sociedad. Los que queremos serlo.

Hace un año el bióxido nació. Seis meses después, con un poco más de conciencia, decidió que nunca estaría en este grupo.
Seis meses más tarde, es un peatón con un piercing en la lengua, tomándose con buen humor los momentos bióxidos (porque si quisiera, también podría estar ahora sacrificando mis venas ante el sentimiento gótico del dolor, agujereándomelas con un clip ardiendo poco a poco, un agujero por cada cosa que me pasa), y teniendo la ilusión de dar siempre un paso más. Ahora, en vez de boquetes, tengo mil y una anécdotas que contar.

Porque ésto es mi freetalk. Mi visión de la realidad. Si alguna vez lo utilicé para llorar, lo siento. Sólo intento comunicar. Intentar que el texto llegue a alguien. Y sí, también me gusta a veces tocar el corazón. Pero de una forma tierna. Atenta. Ilusionada. Alegre.
Aunque mejor volvamos a repetir que lo intento.
Para el resto ya existen los góticos (ez bromita, nena, que luego te enfadas).

Y hoy sólo tenía ganas de escribir.
Porque sigo buscando mi sitio. Y por eso esta canción y este título. Quién mejor que ellos.

Show must go on

Por Rafa Poveda

Rafa Poveda es un evangelista del software libre y en concreto de WordPress, software con el que lleva trabajando desde 2007.
Actualmente es CTO de MyTinySecrets LTD y Jefe de proyectos en Pixelated Heart, donde enseña a otras compañías a comunicarse y a tener una presencia online utilizando WordPress como su herramienta principal. También trabaja enseñando WordPress dando clases en masters y cursos in-company para desarrolladores.

6 respuestas a «Show must go on (iii)»

todos smos victimas de archangel es el mas poderoso me kdo de boca abierta no se k acer cuando lo veo me vuelvo loca y no de cabeza si no de las manos me siento como una de sus victimas mas graves me asusto de mis miedos y no se k acer

Chico… me has dejado hasta asustado. llevo dos días dándole vueltas al post de Nepomuk, que además lo uno a uno que escribió La Petite Claudine hace poco. Reflexionando sobre la vanidad del blog, la necesidad de ser leido, el cosquilleo de ver muchos comentarios, o que te enlacen aquí y allá. Muchas veces pienso que estos mundos de Blog sirven, más que nada, para llenar la necesidad de drama victoriano, de tragedia griega, que tenemos todos. Convives con tu pequeña miseria, pero cuando toma la forma de un comentario como «Cuando el dolor te toca en lo más profundo sólo quieres anestesiarte y morir en vida» (por ejemplo) resulta que eres un personaje más del teatro de la Blogosfera, cobras sentido e importancia. A lo mejor los blogs personales son importantes por eso.

Y luego hablas de la soledad. Y yo también. Y ambos hablamos de ella como espectadores, tú más implicado, yo menos.

Joder, Raven, que cerquita te he sentido leyendo este post… si hasta sale Coque…

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