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De crónicas va la historia

De vez en cuando me gusta meterme en la cama, acercarme el portátil, y ponerme a escribir antes de dormir. Es una costumbre que tenía perdida. Pero como tantas otras cosas que he ido perdiendo poco a poco a lo largo de la vida.

Hoy me ha dado por recuperar muchas cosas.
Me he quedado un rato pensando esta tarde. Mirando por la ventana. Un día soleado. Perfecto. Y me acordé de la conversación telefónica con mi madre del domingo pasado. «Hace un día de parque» le dije. Pero, como tantos otros domingos, me quedé en casa. Simplemente mirando las cuatro paredes que me rodean normalmente, pensando en que hace meses que dije que iba a redecorar. Que el poster que me trajo Ale de Barcelona hace ya más de un mes está colgado de forma rudimentaria en la pared del fondo, cuando se merece un poco más de trabajo y de compañía. Y hoy me he quedado mirando el sol. No directamente. Recuerdo siempre una escena de una película de la que perdí el nombre en la que le decían a los niños «¡Cuidado! Si lo miráis fijamente os quedaréis ciegos».

Hoy le estoy haciendo también un pequeño homenaje a Phobeo, al que tengo que enlazar junto con otros muchos en la próxima actualización del php para que no de mensajes de error (sin importancia) al añadir comentarios. Porque el otro día me dijo que ‘sí, una crónica, en medio de siete mil idas de olla’. Gomen Nasai. Porque ésto no es más que otra ida de olla de un domingo por la noche que, después de mucho tiempo, ha sido distinto.

Porque los domingos muchos dicen que no deberían existir. Que no es un buen día para los estudiantes. Ni para salir, porque nadie sale. Y al final te quedas solo, sin saber qué hacer esa tarde. Y es un día estupendo para, por ejemplo, un parque.
La semana pasada cambiamos el día. No fue el domingo, sino el sábado, cuando quedé con los minigóticos y nos dimos una vuelta por el de Maria Luisa. Una experiencia inolvidable. Un anochecer a las seis y media de la tarde, para encontrarte a las siete en medio de una arboleda totalmente oscura, recordándote aquellas fotos que Wido te enseñó de los grandes lagos de Finlandia. Y te separas del grupo para dar una vuelta por ahí. Te escapas, y empiezas a vagar entre matorrales y grupos de árboles. Y, en la oscuridad, te topas con la estatua de Becquer. Un poco más adelante, con una charca. Y más allá, con la estatua de un ángel ante la que pasas, silencioso, agachando la cabeza, mientras que se cruza en tu cabeza un susurro que dice ‘hello, my master’, y recuerdas que la historia que estás escribiendo está esperando para salir a la luz.

Los domingos habían perdido esa luz. Eran apáticos. Porque el domingo refleja el resto de la semana. Y las últimas cinco semanas, exceptuando algunos retazos de naranja y azul, han sido eminentemente negras. Olvidados del trabajo, imbuidos en los parciales, sin a veces recordar lo realmente importante, y dejando que un pequeño sentimiento de oscuridad creciera de nuevo en un alma y un corazón.
Me he acercado demasiado a ellos de nuevo. Y como para casi todo desde mi nueva vida, no estaba preparado. He utilizado un fin de semana para mirarlo todo desde fuera. Y he vuelto a ver las cosas en su sitio. Con su orden global, siguiendo su destino dentro del universo. Vuelvo a centrarme después de descentrarme, sabiendo que me quedan muchas cosas de nuevo por encontrar, y que cada vez que paso alguna de ellas aprendo un poco más. Que será menos complicada la siguiente. Y que la vida se puede teñir en muchos momentos de muchos colores. Pero siempre vuelve a ser naranja.

Hoy, domingo, he ido al cine. La compañía ha sido inmejorable. Y sé que se habría reído mucho de mí en unas cuantas escenas cuando lagrimoteaba a más no poder. Otra de las cosas olvidadas que han vuelto a nacer.
Las batallas épicas, un rey, una responsabilidad, un sentimiento de liderazgo. La hermandad entre dos compañeros de batalla que conocen su destino. Un paisaje enorme a punto de ser desolado. La grandeza de todo eso, y de lo más ínfimo, hacen que mis ojos se conviertan en charcos.
Supongo que era más divertido cuando eso me pasaba en el salón de mi casa, en el sofá, con más corta edad, mientras leía El Señor de los Anillos o alguna de las Crónicas de la DragonLance.

El Señor de los Anillos + La Historia Interminable = Crónicas de Narnia. Merece la pena verse.

No sé de qué molde me sacaron, pero espero por vuestro bien que no haya dos como yo.

Por Rafa Poveda

Rafa Poveda es un evangelista del software libre y en concreto de WordPress, software con el que lleva trabajando desde 2007.
Actualmente es CTO de MyTinySecrets LTD y Jefe de proyectos en Pixelated Heart, donde enseña a otras compañías a comunicarse y a tener una presencia online utilizando WordPress como su herramienta principal. También trabaja enseñando WordPress dando clases en masters y cursos in-company para desarrolladores.

2 respuestas a «De crónicas va la historia»

Cierto. ¿Ves? Ahora pensando en de qué narices me hablabas, me he acordado de que me dijiste que a resoluciones monstruosas el fondo no se ve bien…

En fins… otro domingo será 😀 que mañana hay que levantarse temprano.

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