Camino (iii)

Ayer me levanté de un salto, pero no me atreví a abrir los ojos. Y caminé ciego, temeroso, entre mis tinieblas. Cada dos pasos que aceleraba, bajaba el ritmo por miedo a caerme de nuevo, recordando el dlor de mis rodillas.
¡A veces quería correr! Pero no podía.
Algo, quizá yo mismo, me lo impedía. Así que caminé, despacio, con los ojos cerrados, palpando el camino. Mientras, múltiples voces susurraban a mi alrededor. Algunas se acercaban. Me cogían del brazo y trataban de ayudarme a caminar. Sujetándome. Indicándome el camino. Pero para mí quedaron como voces perdidas en el tiempo.

¡Puedo caminar solo! He de caminar solo… ¡Necesito hacerlo! Ya me acompañaréis cuando pueda caminar totalmente erguido, no pretendo alejaros. Pero necesito que mis rodillas, mis piernas, soporten el peso de mi cuerpo y andar en este camino sin ayuda.
No quiero apoyos. Quiero fuerza, pero no ha de dármelas nadie.
Sólo yo.

© Camino. Tercera parte, segundo acto.

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