Marioneta 0.3

     Miré por la ventana. Estaba lloviendo. Y eso era ya casi una sorpresa. Cualquier londinense de a pie no se habría preocupado demasiado y simplemente habría abierto su paraguas para intentar mojarse lo menos posible con la lluvia semi-ácida de estos días. Pero hacía ya dos semanas que sobre el suelo de Londres no caía ni una gota de lluvia. Pensé que esta noche muchos londinenses llegarían a casa con agujeros en la ropa y heridas en la piel. Y el viento lo estaba haciendo todo aún más difícil.

     Me levanté de la cama y miré el reloj. Eran cerca de las nueve de la noche. No sé por qué había dormido tanto. Recuerdo que llegué muy cansado a casa, a eso de las cinco de la tarde. Había sido un día agotador en la fábrica, con demasiado papeleo y muchos pedidos atrasados. En estos días los pedidos se multiplican. Todo se hace cada día más difícil. Pero no sé cómo pude dormir cuatro horas. Hace años que no duermo más de dos horas seguidas. Es muy extraño.
     Lo primero que hice fue darme una ducha. La necesitaba. Además, si pensaba salir a la calle, prefería salir con la cabeza mojada, para que si algo de lluvia llegaba a alcanzarme, resbalara lo máximo posible. Después me vestí, y me puse mi gabardina, una que me compré hace años y que, gracias al cielo, aún no tiene ningún agujero. Es de un buen material. Fue un regalo de cumpleaños que me hizo mi esposa, creo. O la compré de verdad. Hace ya muchos años de eso.
     Salí a la calle y comencé a caminar. Hacia la Torre de Londres. Sabía que tenía que encontrarme allí con alguien. No recuerdo con quién exactamente. Creo que se trataba de alguien de la fábrica con quien tenía que cerrar un trato. Recuerdo que el jefe me comentó algo de cerrar un trato, sí. Así que me dirigí hacia allí. Por el camino no encontré a demasiada gente. Supongo que todos estarían en casa, resguardados de la lluvia, a esas horas. La gente decente de este país no anda a esas horas por la calle. Saben que es peligroso. Y menos si está lloviendo. A veces compadezco a los mendigos que viven en la calle. Me pregunto si alguno habrá muerto a causa de la lluvia. Viene siempre acompañada de ese viento infernal que te hace imposible esconderte de ella. Ni debajo de los puentes deben estar seguros.
     Cuando llegué allí, distinguí de lejos una figura, no demasiado clara, pero que parecía ser un hombre. Estaba parado, sin paraguas, y miraba hacia mí. Cuando me vio se dio la vuelta y comenzó a andar. Le seguí.
     Por fin se paró debajo del puente que pasa cerca de la Torre. Ese entre la calle Thorndale y Witch. Tardé unos 15 segundos en darle alcance. Y una vez allí, cuando estuvimos frente a frente, no sé lo que pasó.
     El siguiente recuerdo que tengo es el de estar en casa, acostado. Llamaron a la puerta, y me desperté. Pensé que todo había sido un mal sueño y me levanté para atender la llamada. Me puse mi batín rojo, regalo de mi esposa, y me dirigí a la puerta. Cuando abrí, dos policías me agarraron y me esposaron. Y me trajeron aquí.

– ¿Es todo lo que recuerda?
– Sí. Eso es todo lo que recuerdo.
– ¿Cómo se llama usted?
– Dave. Barker.
– Bien. Muchas gracias.

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