Este artículo lo empecé a escribir viendo el primer Master Chef Junior. La última edición se la hice en marzo de 2015. Y ahora vuelve a venir al caso.
¿Cómo se mide la capacidad empática, o la calidad, de un grupo social? ¿Cuáles son las unidades de medida?
En este país nuestro, España, vemos cosas muy extrañas que ya tenemos normalizadas, pero que si vemos como externos nos chocan sobremanera.
Somos el país del Sálvame. De Adán y Eva. De Quién quiere casarse con mi hijo. De Granjero busca esposa. De Mujeres y hombres y viceversa ( y sí, muchos piensan que Viceversa es la presentadora ). Y, bueno, últimamente también tenemos este vídeo para hacernos ver qué es lo que tenemos dentro. Porque a veces parece que somos impermeables a nuestra propia mierda.
También tenemos muchas cosas buenas, todo hay que decirlo. Pero hay una que no superamos nunca, y es la tolerancia al fracaso.
Si en algún momento veis algo de cualquier Master Chef de cualquier otro país, la tónica es clara. Hay un ganador. El resto, cuando tienen que irse, dejan su delantal en su cocina, y salen por la puerta. Esto es para pequeños y para grandes. Para todos. En el resto de países del mundo no hay premios de consolación. No hay diploma para el cuarto y el quinto como en las Olimpiadas. No. O ganas, o no ganas. Y el segundo se queda siempre mirando alrededor pensando «pero qué cerca he estado y me he comido una mierda».
En España no. En España a todos, desde el primero que se va, le regalamos un quintal de cosas. Que si electrodomésticos, que si compra, que si… Que sí, que es buena publicidad para las marcas, pero eliminan bastante la parte de competición para convertirlo todo en un mero programa de entretenimiento. Los primeros niños de este Master Chef han salido con cámaras de fotos, tablets, y ordenadores. Antes, en el de los mayores, los primeros que salían se llevaban el set de pequeños electrodomésticos, y allá por la mitad del programa, ya les regalaban también los electrodomésticos grandes. Ahora todos se llevan de todo. El premio es conseguir entrar. Después, llegues al final o no, ya no es tan importante.
Esto pasa en casi todos los ámbitos y programas. Todo el mundo tiene premio de consolación. Nadie pierde. Nunca. Nadie se va con las manos vacías.
Después queremos educar a nuestros niños. Enseñarles que existe el NO. Que existen los límites y el ser razonable. Y que a veces se pierde. Pero incluso estos días me he encontrado a alguien que me ha dicho que «a los niños, si se puede, en Navidad, hay que darle todo lo que hayan pedido». Y seguimos teniendo niños, y madres y padres, y clientes, que creen que tiene derechos adquiridos y pueden exigir en el momento en el que les ofreces algo de motu propio.
Hay que tener cierto espíritu crítico al ver la televisión. Que no se os olvide nunca que nuestros niños están expuestos. Y están en formación.
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