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El caso Dyson

Hace unos días, mientras preparamos la gran aventura de fin de año que ya os contaré, abrimos un canal de descuentos de Amazon en Telegram. Un pequeño experimento que alimentamos a través de un parser, se almacena en WordPress, y el sistema publica en Telegram, Twitter y Facebook a través de un sistema de cola con pautas horarias.

Pues bien. Una usuaria me ha mandado una mega oferta. Pongo primero la conversación completa y después comentamos.

– Eh, eh, un 90% de descuento en todos los productos. Todos Dyson. Haces click y te lleva a la página de Dyson.
– Suena super raro. ¿Me pasas el enlace?.
– Claro. Toma.
– ¿Seguro que es de Dyson?
– Todos los productos son de Dyson. Además, he tenido que registrarme.

Suena raro porque una marca como Dyson de principio no tienen la posibilidad de ofrecer descuentos de ese tipo. Y si la tuviera, y su coste de producción fuera ese, nunca te lo diría.
Premisa número 1: una marca asentada nunca pierde dinero.

Entramos en la página. &&$(·&.club (no le voy a dar un enlace). Mal. Y http simple. Primera sospecha. Ofertas y todos los productos son de Dyson. Bien. Pero eso no lo convierte en una página de Dyson.
El menú en ordenador es un menú móvil. Saben quién es su mercado. Porque en un móvil eso de las urls se difumina aún más. Quien entre por un enlace de Facebook ya está en la primera fase de la trampa. Y tienen un título que también puede inducir a engaño.

Pero todo eso lo veo yo. Quien me ha pasado el enlace lo ha visto desde dentro del Facebook, a través de un enlace, y lo que ha visto ha sido esto:

Como veis, Facebook os enseña la URL de la página, pero tan pequeña, que es casi invisible. Para que no estorbe. Sí, Facebook, ya sabemos lo poco que te importan tu usuarios si hacen cosas fuera de tu red, no hace falta que nos lo repitas a diario…

Así que recomendación para grabaros a fuego: abrid siempre la página en el navegador. Eso os va a permitir hacer las siguientes comprobaciones, que son básicas.

Sigo con el análisis de la página. Hacemos scroll. Enlaces sociales. Pasamos por encima, y todos vacíos. Alerta roja. ¿Una tienda con sus canales sociales vacíos? ¿Habiendo llegado desde Facebook? Imposible.

Seguimos. Páginas legales. Plantillas. Escritas con la primera letra siempre mayúscula para estorbar a la legibilidad. Busco algo que siempre miro: quién es quien me está vendiendo los productos. Información de la empresa que vende: 0. Llamad a la policía de internet.

Pero vamos a terminar. Me registro en la web. El correo de registro va a SPAM (bueno, puede ser). Título: Welcome to – [Dyson site]. De ahí viene el me he registrado en la página de Dyson. Pero está mal estructurado, la web no tienen nombre. Contraseña visible (qué mal acostumbrados nos tiene WordPress a hacer estas cosas de forma segura por si alguien nos coge el móvil o nos mira el correo). Y el correo de la tienda, una cuenta de Gmail. Que no vamos a investigar, porque ya tenemos demasiadas alertas que nos dicen que no sigamos adelante.

Aún así, vamos a la última. Página de pago. http. A ver. No. NO. Nein. Niente. Ez. Iie. Una página de pago tiene que estar en https. Y no puede estar en https tachado como las página de la Junta de Andalucía o de la UPO (chapuceros…). Tiene que saliros en verde, con candado, y con la información de la empresa, que es a quien compráis. Esto os da garantía de que existe y de que tenéis posibilidad de reclamación.

Para aclararnos, una tienda debería mostraros algo tal que así:

El candado, y la información de la empresa. En el móvil no es tan visible (hay cosas que mejorar ahí, señores de Android). Pero podemos encontrar esa información también si pulsamos sobre el candado, y después en los detalles del certificado.

La diferencia con un certificado como el que tengo yo en esta web, que es sólo de seguridad, se vería así.

En móvil no es tan fácil de distinguir a simple vista, pero si compráis por internet, hacedlo de forma segura. Y si no lo tenéis muy claro, hablad con soporte (en este caso que vemos de Dyson no podríais, porque la página no tiene) y pedid una dirección para pagar por PayPal. PayPal crea una factura de forma automática y os ofrece la opción de reclamación y devolución del dinero, cosa que vuestro banco la mayoría de las veces no os podrá ofrecer si habéis pagado con tarjeta y habéis introducido los datos.

P.D.: Ya para rematar, miré los datos del dominio.

Registrant Name: zphatss
Registrant Organization: N/A
Registrant Street: sdsdsdsds
Registrant Street: 1685146981
Registrant Street:
Registrant City: sdfdfdsf
Registrant State/Province: Gansu
Registrant Postal Code: 325100
Registrant Country: CN
Registrant Phone: +86.13178238597
Registrant Phone Ext:
Registrant Fax:
Registrant Fax Ext:
Registrant Email: 1685146981@qq.com

Puede que el móvil exista. Pero lo demás…

– ¿Ya has comprado?
– Esto….
– Llama a tu banco. A ver si lo pueden anular.

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Fines de semana

El progreso es real. Puedo decir por fin que puedo salir un fin de semana (o una noche) sin después ser una piltrafa y/o medio morir en el intento. Los primeros intentos fueron bastante regular, pero los posteriores han ido mejorando de forma exponencial. No es que todo haya venido de golpe, es el resultado de muchos mesecitos de trabajo. Y se nota.

Recuperar tu vida nocturna a los 35 puede parecer un poco raro. Pero qué queréis que os diga. Me gustan las noches de chimenea, peli y manta, pero también me gusta salir a bailar sin parar. Muchos dicen que la edad es sólo un número. No es verdad. La edad es experiencia (sobre todo), pero nuestro cuerpo también la acumula, y tenemos que ser conscientes de eso.

Pero esta entrada no iba de eso. Ni de los fines de semana. El jueves estuve organizando cosas en casa. Fotos, cajas… Mil cosas que uno acumula en una vida y en tantos años de experiencias. Tantas cosas vividas, con tanta gente distinta. Antiguas, y muy nuevas. Recuerdos de todo tipo.
Ya me pasó la última vez que paseábamos por Cádiz, tras la WordCamp Chiclana. Pasar por sus calles, y volver 12 años atrás y recordar las noches que pasé por allí, momentos puntuales, noches que quedaron para el recuerdo, vivencias… Y entonces tuve un arrebato.

Cogí el móvil y le mandé un audio a Moi. De esos que te aburren y que en los grupos de Telegram tengo prohibidos a no ser que no estés en condiciones de escribir por grado etílico acusado. Un audio demasiado largo para un mensaje bastante claro: Me he puesto a hacer balance de todo, y eres lo mejor que me ha pasado en 2017. Es uno de esos mensajes que mandas a tu mejor amigo, o a alguien que te ha hecho sentir distinto, el día 24 por la noche, o el día de año nuevo. Pero yo soy así. Cuando me viene, lo suelto. Vete tú a saber qué pasa mañana, y me quedo sin habértelo dicho.

El viernes, el día después de aquel mensaje, fui a un concierto de Pylar (toca en el grupo un amigo y compañero), y me encontré con Karlos. Hacía unos años que no nos veíamos en persona (por redes, a diario, pero no es lo mismo), y nos pusimos a charlar. Estaba curiosamente extrañado de verme tan bien. El duelo para una cosa como la tuya es normalmente de más de 2 años. Y mírate. Sí. Un centenar de cosas van por dentro. Y de vez en cuando te remueven. Pero en general, el avance ha sido claro. Y, en gran parte, por ese lo mejor que me ha pasado en 2017, que me ha ayudado a ver las cosas de otra forma, con otra perspectiva. A darle a todo la vuelta. A hacer que no me importen las cosas que no son importantes. Y más curioso, a hacer que no sean importantes para mí las cosas que son importantes para otras personas, pero que no tienen nada que ver conmigo. Todo un arte y un quita estrés. Moi me ha re-enseñado también, de forma consciente, a volver a controlar y ser dueño de mis sentimientos. Y eso es uno de esos regalos que te hace la vida que son realmente impagables. Haga lo que haga, nunca voy a ser capaz de devolverle ni una parte de todo lo que me ha dado. Siempre le agradeceré su disposición continua y su altruismo (aunque no se lo diga –muy a menudo–). Quedan buenas personas en el mundo, de esas que te hacen sentir lleno por dentro cuando las tienes cerca, y he tenido la suerte de encontrarme con una en mi camino. Tengo además la suerte de que nuestros caminos se cruzan a menudo y nos podemos llamar amigos. Me ha tocado la lotería.

El viernes también le comentaba a Karlos que la separación era necesaria. Lo he comentado alguna vez en el blog. Hay gente nueva en mi vida que me ha ayudado muchísimo en esta etapa. Y he tenido claro desde el principio que tenía que ser así. Que si quería avanzar de verdad, tenía que ser con gente que me conociera de nuevo, que no tuvieran ni el lastre ni el pensamiento del pasado, y que fueran capaces de verme como persona. Es, en parte, aplicar la filosofía de Fran de no contarle a nadie su situación médica para que no le miraran de otra manera. Poco a poco me voy sintiendo más libre y cómodo con la idea de volver a ver a los de siempre y que no estemos arrastrando una nube negra detrás con nosotros. Poco a poco estoy volviendo a visitar mis antiguos círculos, y también estoy creando nuevos.

Poco a poco se acerca el futuro. Y las perspectivas son cada vez mejores.

Un comentario

El día en que te apagues

Hoy ha sido un día raro. Son las 8 de la tarde, y estoy en pijama en el salón. Va a ser el primer día en muchos meses que no voy a cumplir con mis kilómetros, y que no voy a cumplir con nada. Hoy toca día libre.

Hoy me tocaba revisión. Venía con mis nervios habituales, esas cosas que no puedes evitar. Siempre tienes la cosilla de qué te van a decir. De si el desfibrilador sigue funcionando. De si aquella noche te acercaste demasiado a aquel altavoz y el imán le afectó. De si aquel día te acercaste demasiado a la cocina de inducción… Esas cosas que te dices que no importan demasiado porque lo tienes controlado, pero en realidad sabes que sí importan porque no tienes un corazón normofuncionante.

Ayer fue un día extraño. Aunque en realidad fue una semana extraña. Una semana llena de trabajo, una mañana de favores y carreras, algo de nervios por una entrega, trabajos de cosplay, quedadas de organización… Y a todo eso le unimos un fin de semana de dormir poco (muy poco), presentaciones de libros, conciertos, y salidas nocturnas. El domingo debería haberme tirado todo el día dormitando en el sofá, y en cambio me hice mis kilómetros con el Pongo, y no dormí casi nada con el cambio de hora. Lo intenté, pero al final, después de toda una noche sin dormir y la falta de sueño, conseguí echar tres cutres siestas a lo largo del día. Nada productivo.

Esta mañana el cansancio ha hecho de las suyas, y en el paseo de la mañana me ha pegado el bajón. Normal y habitual después de todo lo que ha pasado durante el fin de semana, pero extraño porque no me pasaba desde enero (miento en realidad, hubo un mini amago en Bogotá que os cuento otro día, pero no de esta intensidad), y ha sido fastidioso. Por suerte, queda gente buena en el mundo. Un señor me ha visto sentado en el suelo y se ha ofrecido a acercarme a casa en la furgoneta del trabajo. Y me ha dejado en la puerta. Gracias :). Al volver a casa he mandado un par de correos, me he olvidado de que tenía trabajo, y me he echado a recuperar sueño antes de la cita con el médico. Algo recuperé, pero no lo suficiente, y la cita ha estado entre mareos después de mucho tiempo. Así que al volver a casa, otra vez a dormitar hasta recuperar, y esta noche otra vez a dormir hasta que el cuerpo se recupere del todo.

Estas cosas siempre me hacen pensar en lo frágil que es nuestro cuerpo. Cuando se está bien, estamos muy bien. Pero el equilibrio es tremendamente frágil. Un pequeño detalle lo puede desestabilizar todo. Siempre recuerdo aquella época en la que me costaba una barbaridad cruzar un semáforo de peatones antes de que se volviera a poner en rojo, o cuando llegar al parque de la urbanización para sacar al enano era el trabajo de todo un día y volvía a casa reventado.

Estos meses he avanzado mucho. Muchísimo. Tengo personas puntuales a las que agradecérselo porque han estado todo este tiempo a mi lado y han estado ayudándome a cada paso. Y en las últimas semanas, he dado pasos de gigante. Tan grandes que hasta me estaba costando creérmelos a mí. Y este fin de semana me he excedido un pelín precisamente celebrando todo este progreso con Moi. Porque nos lo merecíamos, qué leches. Y ha sido genial.


No viene mal recordar que tienes estos momentos. El momento de bajón, que viene con el pequeño momento de miedo de que la cosa se descontrole y salte. Que sabes que no. Que las sesiones de cardio te han hecho más fuerte y resistente. Que los tiempos de recuperación que tenía en junio y julio después de nadar 40 metros en la playa no tienen nada que ver con los de ahora, que son los de una persona normal. Que cada día todo está más en su sitio. Pero entonces eres tu peor enemigo, y empiezas a pensar en el y si salta. Y si de repente se le ocurre hacer la gracia, y tú te quedas 6 meses sin carnet de conducir por una estúpida regulación de tráfico que hacen personas que ni siquiera entienden qué están regulando. Y tienes que sacar todos tus años de control de estrés y ansiedad para relativizarlo todo, y sólo pensar en el momento, y en los dos minutos después. Al fin y al cabo, nuestras experiencias nos modelan, pero seguimos siendo humanos. Seguimos teniendo nuestros miedos. Y, en este caso, estoy muy contento de haberme preparado para ellos.

Y todo esto en realidad iban a ser tres artículos y le iba a dar algo de contenido al blog, que lleva mucho, parado, pero no he querido separarlo. Así que aquí va la tercera parte también.


Anoche soñé. Es un sueño recurrente. Con el que me convenzo cada día de que hay que seguir. He estado ahí, a las puertas de irme para siempre, más de una vez. He visto la nada. Y he vivido el no sentir más que paz y tranquilidad mientras todo se apagaba.

Tengo el convencimiento de que después no hay nada. Que todo lo que tenemos, es lo que tenemos aquí. No sé por qué. No sé quién fue el artífice. Ni por qué decidió que las cosas tenían que ser así. O si es cruel que no haya nada más después. Pero para mí, esto es lo que hay. Y lo tenemos que disfrutar al máximo. Aprender. Crecer. Sentir. Vivir.

Cuando me vaya, todo esto ya no me importará. No recordaré nada. No tendré ninguna preocupación. Todo estará vacío. Y yo ya ni sentiré, ni sufriré, ni tendré nada que pensar. Pero cuando pienso en que he forzado la máquina y lo que, en otras circunstancias, podría desencadenar, sí empiezo a pensar. En tenerlo todo recogido. En no dejar a nadie ningún marrón. En tener todos mis papeles ordenados y accesibles. En haber escrito en este blog todo lo que sé, o lo que pienso, para que en algún momento alguien, en el futuro, lo pueda aprovechar. En compartir. En enseñar. En todo lo que me queda por ofrecer. Pero sobre todo pienso en las personas. Pienso en mi gente cercana. En mi familia. Pienso en la gente que me tiene muy cerca todos los días, y que me echaría de menos. Pienso en los que me tienen lejos y me ven sólo de vez en cuando. Pienso en tanta gente que ha pasado por mi vida, y tantas vidas por las que he pasado y he intentado dejar huella. Pienso en Inés, en Silvia, en María. Pienso en Moi, en César, en Mauri, en Busta, en Carlos. Pienso en todos los momentos que nos quedan por vivir juntos. Pienso en todo lo que queda por venir.
Y pienso en todo el trabajo que he estado haciendo durante todo este tiempo, y en todo lo que he conseguido. En gran parte gracias a vuestro apoyo. A vuestra ayuda. A todo lo que me habéis dado. A todo lo que me seguís dando. A la paciencia que habéis tenido conmigo en tantos momentos. Y a lo mucho que me queréis y me habéis querido.

Quiero seguir formando parte de vuestras vidas. Y, sobre todo, quiero que sigáis formando parte de la mía. Los pequeños sustos a veces nos centran de nuevo. Tengo claros los objetivos. Vamos juntos a por ellos.

The strength of the wolf is the pack.


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El final del verano

A veces las cosas no son tan fáciles como parecen. Creí que septiembre y el principio de curso iban a ser de otra forma. Que no iba a estar tan afectado. O que no iba a notar tanto el cambio.

Me equivoqué.

Me he pasado parte del verano intentando salir de mi zona de confort. He vuelto a quedar con amigos, he ido a eventos sociales, he vuelto a ver a gente a la que hacía años que no veía… he empezado a restructurar lo que debería ser mi vida de aquí en adelante. Pero eso no es lo único que he hecho. También me he estado viendo con alguien. 

Al principio era algo tremendamente esporádico, pero con el tiempo se convirtió en algo habitual. Y eso, curiosamente, me ha apartado del blog. Porque no he dejado de escribir, este blog siempre ha sido mi terapia.  Pero sí he dejado montones de cosas sin publicar, por que giraban siempre en torno a los dos mismos temas. 

Cuando esto me pasa, siempre me pego a una canción. Y es la que comienza mi banda sonora diaria hasta que escribo del tema. Publico, y otra canción pasa a describir mi momento. 

Ayer empezó el curso, y el verano ha dejado mil momentos. Mil y uno. Anécdotas. Risas. Ratos en el sofá. Series. Juegos con en enano. Y también ha sido testigo de la recuperación física y mental del que escribe. Anteayer se me ocurrió darle las gracias por todo lo que había supuesto para mí en este plano. Y cuando nos despedimos, cual amor de verano, me quedé un poco planchado. 

Los sentimientos son así. Por un lado, estoy tremendamente agradecido y feliz porque alguien haya podido llegar y tocarme un poquito los sentimientos. Que me haya hecho sentir de nuevo. Tan bien, y con tanta intensidad. 

Por otro, estoy fastidiado. Porque el destino es caprichoso y somos de distintas generaciones. Que diréis que ya a cierta edad no importa. Pero sí. Porque nuestras experiencias vitales nos hacen disfrutar el tiempo juntos y aprender el uno del otro. Pero estamos en momentos vitales distintos. Y eso es más difícil de salvar. 

Sobre momentos vitales, escribí un artículo el domingo por la noche, después de nuestra despedida, que verá la luz otro día. Pero ahora, el verano acaba. 

Volvemos a las actividades sociales. A que la gente tenga sólo los fines de semana libres, y yo tenga un evento uno de cada 2. Y volvemos al otoño. A la estación favorita de Fran. A llegar a casa y a ver vacío el sofá. A no tener a nadie a quien abrazar al llegar. A encender la chimenea sólo para el enano y para mí. A darme cuenta de lo distinto que es vivir con la persona a la que amas, y ver sólo a ratos a una persona que quieres. 

Por suerte, también volvemos a la incertidumbre de cuándo tendremos tiempo para coincidir. A la ilusión de cuándo vamos a volver a vernos. Y eso despeja en parte toda la vorágine del próximo artículo. 

Nuevo curso. Volvemos a la rutina. Volvemos al blog. Volvemos a los proyectos parados. Volvemos a retomar cosas que van a hacer que tenga sentimientos confusos durante mucho tiempo. Pero sólo hay un camino: hacia adelante. 

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El especialista en abrir bolsas de queso

El otro día, en una barbacoa, alguien estaba intentando abrir un paquete de lonchas de queso sin mucho éxito. Estaban haciendo algunas barbaridades para intentar romper un lateral, que tenía un plástico tipo industrial irrompible, y la cosa ya se estaba poniendo bastante seria.

Se me ocurrió acercarme a ellos, y les solté un no sabéis cómo se abre un paquete de queso, ¿no? (Cabe decir que es un grupo de confianza en el que soltar cualquier burrada de este tipo y después cagarla de forma estrepitosa es una situación cómica habitual).

Con un ¿me permites? me hice con el paquete de queso, con el colmillo mordí en el centro de la lengüeta lateral, y tiré para separarlas, quedando el paquete abierto por la mitad y, a disposición de los comensales, las lonchas de queso.

Se quedaron bastante alucinados y alguien, con cara de sorpresa, soltó un Ooooh, es un especialista en abrir bolsas de queso. Y quedó tan místico que la carcajada fue general.

Pero vamos por pasos. Algo de cultura general. Por pasos.

  1. Primero cogemos un paquete de lonchas de queso.

  1. Algunos paquetes vienen precortados. Si no viene precortados (son de las marcas de supermercados sin abrefácil), con un colmillo, una tijera, o un cuchillo, le hacéis un corte a la lengüeta justo en la mitad, entre las lonchas de queso de un lado y de otro. No lleguéis hasta abajo, porque si no, al tirar después se rasgará por el lateral.

  1. Ahora tiramos de los dos lados que tenemos ahora hacia afuera, intentando separarlos uno de otro. Y el paquete se abrirá por la mitad.

  1. Y listo. Ya lo podéis meter en la nevera y utilizarlo como dispensador de lonchas de queso.

(Sí, los de El Caserío tienen un abrefácil para abrirlos por el lateral. Me da igual, yo los abro a mi manera).

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Tocado

Hace un tiempo, leyendo el blog de mi madre, me encontré con una historia de esas que eres capaz de entender por empatía, pero que no eres capaz de compartir realmente a no ser que la hayas vivido. Hablaba de cómo, en un evento social, alguien tiró de la cuerda de los recuerdos pasados por sorpresa.

En este tiempo he podido comprobar que es verdad que ocurre así. Que cuando vas a estar con un círculo de personas en el que sabes que se va a hablar de la persona desaparecida, la cosa es muy natural. O cuando te viene un recuerdo y lo compartes. Es alegre, tierno, divertido, cálido…

En cambio, cuando estás en un entorno que presupones neutro y alguien te saca la conversación y te remueve los recuerdos, normalmente son melancólicos y tristes. Oscuros. Fríos.

En realidad es algo que sólo he experimentado un par de veces, y pienso que tiene en parte que ver con la actitud del emisor, que condiciona en gran parte la tuya. Pero igualmente, no es plato de buen gusto. 

Y es que te encuentras con cosas absurdas (al menos para mí). He estado yendo a WordCamps, a eventos, a meetups, a barbacoas, con toda la tranquilidad del mundo. Por supuesto, mucha gente sabe qué es lo que ha pasado. Pero te ven, interactúan contigo, y ya. En cambio, tengo a dos personas que siempre, siempre, cambian el rictus de la cara, se ponen dramáticos, y se ponen a meter el dedo en la llaga. Hacen que te pienses si ir a algunos eventos cuando sabes que van a ir (benditas listas de asistencia), y fastidian en la misma medida. A veces ya te planteas si lo hacen por deporte, por diversión, o porque les debes caer muy mal. Pero en serio, hacéoslo mirar, que tocáis mucho la moral. 

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